Country Eastwood (II): Gamberradas, tributos y madurez

A punto de comenzar el rodaje en México de Cry macho, la nueva película de Clint Eastwood, aprovechamos que el veterano artista volverá a calzarse las botas para interpretar a un viejo vaquero de rodeos, y hemos querido repasar desde este rincón digital la relación del cineasta con la música country. En la anterior entrega echamos un vistazo al álbum que grabó a comienzos de los sesenta, Clint Eastwood sings cowboy favorites, y dejamos al apuesto intérprete colgado del teléfono atendiendo a una llamada procedente de Italia.  

 

La llamada, claro, era de Sergio Leone, y cambió la vida de Eastwood. Tras triunfar con la Trilogía del Dólar a las órdenes del director italiano, el actor volvió a su tierra y le dieron pocas oportunidades de aflojarse el cinto del revólver. No obstante, en 1969, le llegó una nueva oportunidad de combinar western y música, aunque esta vez con unos marcados aires pop. Hablamos de La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon), divertido musical a reivindicar, dirigido por Joshua Logan, quien arriesgaba el tipo no solo planteando un tema polémico -una mujer con dos maridos- sino poniendo a dos duros genuinos de la pantalla -Eastwood y Lee Marvin- a cantar y hacer payasadas. El punto más country lo ponían los miembros de la Nitty Gritty Dirt Band, que tenían pequeños papeles en la cinta además de participar en la banda sonora.

 

Eastwood interpreta un par de baladas demasiado almibaradas -destacando en todo caso “I talk to the trees”- y una divertida sátira sobre la fiebre del oro, “Gold fever”, pero es de ley reconocer que su socio Marvin sale mucho mejor parado en el reparto de partituras y más efectivo en su entonación, destacando, por supuesto, la célebre “Wand’rin’ star”. Entre los dos, además, se marcan otra pieza jolgoriosa cuyo título es una verdad bíblica: “The best things in life are dirty” (Las mejores cosas en la vida son sucias).

 

 

El núcleo duro de las películas de Eastwood protagonizadas por la música country llegó con la década de los 80, y curiosamente con dos de los títulos sirvieron para financiar los otros dos. En el primer caso nos referimos a sendas gamberradas que gozaron de un gran éxito de taquilla, sobre todo en Estados Unidos. De hecho, Duro de pelar (Every which way but loose, 1978), se convirtió en la película más taquillera de Eastwood hasta la fecha -y la segunda de aquel año, solo superada por Superman-, a la que siguió de cerca La gran pelea (Any which way you can, 1980). Se trata de dos comedias de mamporros protagonizadas por el mismo elenco, con Eastwood, Geoffrey Lewis y el orangután Clyde a la cabeza. Dirigida por James Fargo la primera y por Buddy Van Horn la segunda, las películas narran las disparatadas aventuras de dos amigos camioneros y el simio acompañante mientras se sacan unos dólares extra midiendo puños con quienes se crucen a lo largo de las polvorientas carreteras del Oeste.

 

 

Gamberradas aparte, lo más digerible de estas películas -además de Clyde- es una banda sonora tan solvente y efectiva que llegó a colocar dos de los cortes en el número uno de las listas country: la canción principal de la primera cinta, “Every which way but loose”, de Eddie Rabbitt, y “Coca-Cola Cowboy”, de Mel Tillis. Entre otros éxitos pasados, la cinta incluía también el número uno de Charlie Pride de 1973 “Behind closed doors”.

 

En el caso de La gran pelea, las críticas fueron aún más demoledoras, pero la película ascendió sin problema hasta ser la quinta más taquillera del año. Tampoco la banda sonora se portó mal, aunque no resultaba tan atractiva como su antecesora. Destacan piezas como “Any which way you can”, de Glen Campbell, “Whiskey heaven”, de Fats Domino o “You’re the reason God made Oklahoma, que fue un éxiyo para David Frizzell y Shelley West. La pieza estelar, no obstante, era “Beers to you”, una auténtica buddy song a cargo de Eastwood de Ray Charles.

 

 

Ambos discos habrían resultado unas divertidas aportaciones al catálogo de bandas sonoras country -con un marcado peso del sonido trucker– de no ser por el empecinamiento de Eastwood en darle protagonismo a su pareja por entonces, la actriz Sondra Locke, en cada proyecto que abordaba. Si como actriz ya había demostrado sus limitaciones, como cantante las carencias eran ya alarmantes, y pese a todo gozó de varios temas compuestos especialmente para ella en cada una de las cintas comentadas.

 

Por suerte, como apuntamos, Eastwood encaró ambas películas como fuente de ingresos para abordar proyectos más personales. E hizo bien, porque al contrario de las andanzas del orangután y sus colegas, Bronco Billy (1980) y El aventurero de medianoche (Honkytonk man, 1982) fueron dolorosos batazos de taquilla. (“¿Quién quiere pagar una entrada para ver llorar a Clint Eastwood?”, clamaría años después una vergonzosa crítica de Los puentes de Madison; pero esa fue la tendencia durante muchos años en la carrera del artista: cada vez que enfundaba el revólver, el interés por sus películas se desvanecía).

 

Si Bronco Billy suponía un interesante ejercicio de desmitificación del western a través de la historia de un circo actual que evocaba patéticamente sus días de gloria, El aventurero de medianoche dirigía la cámara hacia el universo country más tradicional en una suerte de evocación velada de la figura de Hank Williams. Y si en ambas películas -esta vez sí, dirigidas las dos por el actor- Eastwood se toma la historia muy en serio, y no digamos la interpretación, el mismo respeto demuestra por la banda sonora, traduciéndose en dos producciones plagadas de momentos sugerentes y que no pasaron desapercibidas para el gran público.

 

El punto más interesante lo encontramos en la colaboración de Merle Haggard en Bronco Billy. El legendario outlaw grabó a dúo con Eastwood el tema “Bar room buddies”, que se convirtió en número uno -el primer y único hit del cineasta- y pasó a engrosar desde entonces todas las listas de mejores canciones sobre bebercio. En busca de otra pieza que reflejara la desolación de las noches de bar en bar, Haggard desempolvó “Misery and Gin” y el sencillo se convirtió en uno de los grandes éxitos de su carrera.

 

 

Dos años después, a Eastwood no le quedaría más remedio que cantar algunas canciones más al decidir encarnar el papel de Red Stoval en El aventurero de medianoche, un cantante country alcohólico -perdón por la redundancia- y enfermo de tuberculosis que lucha hasta el final por alcanzar la esquiva gloria. El propio Kyle Eastwood -con los años, gran bajista de jazz- da vida al hijo de Stoval y toda una leyenda del country como Marty Robbins no solo encarna un pequeño papel sino que se hace cargo además de toda la dirección musical de la película.

 

Eastwood sale con bastante solvencia de la propuesta, adaptando su voz tosca pero efectiva en los medios tiempos a un repertorio más a la medida de sus concepciones cinematográficas, siempre ligadas a perdedores en eterna búsqueda de redención. Para los amantes de este género musical, la película presenta también el atractivo de reflejar con bastante fidelidad el ambiente del Nashville y el Grand Ole Opry de los años 40, así como la vida en la carretera de aquellos músicos errantes a los que Eastwood volverá a enfocar de nuevo algunos años después en la jazzística Bird.

 

 

Concluiremos esta aproximación con dos títulos que, sin estar enfocados en el universo country ni western, sí que tienen a este último muy presente a modo de metáfora de los valores más genuinos del maltrecho sueño americano. Nos referimos por un lado a Un mundo perfecto (A perfect world, 1993), la magistral cinta que siguió a Sin Perdón (Unforgiven, 1992), con las que Eastwood compuso un exquisito y delicado díptico que abría las puertas a su madurez creativa. Ambientada en la América profunda y rural de los primeros años sesenta, Eastwood vistió esta historia de redención -protagonizada por Kevin Costner- con un impresionante repertorio de voces del mejor country tradicional que recorría varias décadas de historia: Bob Wills, Don Gibson, Johnny Cash, Marty Robbins, George Hamilton IV, Chris Isaak, Rusty Draper… Esta vez es Lennie Niehaus, compositor de cabecera durante esta última etapa de su carrera, el responsable de compactar y pulir esa notable selección.

 

También con Niehaus a su lado afrontaría el cineasta la selección de la banda sonora adecuada para demostrar que los protagonistas de Space cowboys (2000) eran realmente unos tipos con encanto de la vieja escuela. Para ello reunieron a una formación de altura (el pianista y arreglista Gil Goldstein, el teclista Larry Goldings, el guitarrista Peter Bernstein, los bajistas Dennis Irwin and Bill Street y el baterista Bill Stewart) y pusieron ante ellos una muy efectiva combinación de clásicos de jazz y country, las dos pasiones musicales de Eastwood. La perla de esta colección es Willie Nelson cantando que “sigue loco después de tantos años”, en una magnífica relectura de la obra maestra de Paul Simon “Still crazy after all these years”.

 

 

Y no podemos cerrar este repaso a la conexión country de Clint Eastwood sin citar una curiosidad. En febrero de 1984 el cantante T. G. Sheppard lanzó, como segundo sencillo de su album Slow burn, el tema Make my day, en el que narraba las andanzas del célebre inspector de policía Harry Callahan, autor de esa célebre frase, como si de un sheriff del salvaje oeste se tratara. El propio Eastwood colaboró en los estribillos enunciando el desafiante: “Go ahead, punk. Make my day”. La canción llegó a un nada desdeñable puesto 12 de las listas de country. Irónicamente -si pensamos en el cañón del célebre Magnum 44-, iba acompañado de una cara B titulada “How lucky we are” (¡Qué afortunados somos”).

 

https://www.youtube.com/watch?v=LMtqWHGaf2I

 

(Artículo publicado originalmente por Javier Márquez Sánchez en EfeEme en noviembre de 2020)